lunes, 7 de noviembre de 2011

Historias de Nueva York

No hay cosa que me dé más satisfacción que tropezarme con un comentario de un escritor admirado que refleje mis sentimientos sobre un determinado autor, obra o situación. La satisfacción es directamente proporcional a mi respeto hacia el autor del comentario, pero creo que más allá de la simplona vanidad de pensar que comparto opinión con alguien a quien respeto, lo que más me gusta de esta situación es la comodidad de no tener que escribir lo que otro ya ha escrito por mí, y seguramente mejor de lo que yo llegaría a hacerlo. Ayer me pasó al encontrar este comentario de José Saramago sobre Enric González: 

"De Enric González no era lector. Veía sus columnas en “El País”, pero mi curiosidad no era lo bastante fuerte para hacerme integrar sus escritos en mi lectura habitual. Hasta el día en que me llegó a las manos su libro “Historias de Nueva York”. La palabra deslumbramiento no es exagerada. Libros sobre ciudades son casi tantos como las estrellas en el cielo, pero, por lo que conozco, ninguno es como éste. Creía que conocía satisfactoriamente Manhattan y sus alrededores, pero la dimensión de mi equivocación se manifestó clara en las primeras páginas del libro. Pocas lecturas me han dado tanto placer en estos últimos años"

Suscribo lo dicho por el premio Nobel, con la salvedad de que yo ni siquiera veía las columnas de Enrinc González en El País y nunca he creído conocer satisfactoriamente Manhattan. Pero desde luego la palabra deslumbramiento no es exagerada. 
Descubrí a Enric González en su libro Historias de Nueva York, y desde entonces he leído todo lo que de él ha caído en mis manos. Su lucidez es un rayo de esperanza en estos tiempos de opiniones sagradas y hechos discutibles. Su sentido del humor además de divertirme me despierta una simpatía espontánea. Qué le vamos a hacer, no puedo evitar que me caiga bien una persona que habla de sus libros como libritos y de escribir como perpetrar. 

En Historias de Nueva York nos habla de sus amigos caídos, de sus problemas para encontrar casa, de Oliver Sacks, de Rudolph Giulani, de los Yankis y los Mets, de los taxistas, del 11 S, de los rascacielos y los míticos ricachones que se hicieron en la isla, cuenta historias de aquí y de allá que te envuelven como si estuvieras manteniendo una charla informal es un Starbucks de Nueva York con ese viejo amigo que tan bien sabe contar anécdotas y que ahora te pone al día de sus últimos años en una ciudad a la que tú acabas de llegar. Al final, las pocas páginas del libro (sí, es un librito) son un espejo estupendo de esa especie de atmósfera que te envuelve en Nueva York, esa sensación de estar en el centro del mundo, de haber estado allí siempre sin haber estado nunca. Y terminando como empezaba, me encanta que Enric haya terminado su libro escribiendo lo que yo sólo he sentido, sobre todo porque ya no tengo que escribirlo: 

"Nueva York sigue siendo una tormenta de almas, un caudaloso río humano. Para entender ciertas cosas no hacen falta idiomas, ni experiencia, ni memoria. Basta con abrir la ventana y escuchar el rugido de la bestia"



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